Se cumplió la profecía

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Estoy recibiendo noticias de mi querida Luarca y los rasguños que le ha dejado el mar. Y como no, un vídeo de una panda de descerebrados en el rompeolas siendo arrastrados por el temporal. No hubo nada que lamentar. Lograron salir.

El mar se alzó hasta el segundo piso del museo del calamar gigante y reclamó para sí los calamares prisioneros en el formol, así como los huesos de ballena, y otras delicatesen que albergaba.

Hace un mar de años, Ponyqueen predijo ese final, y lo mezcló con la pesadilla que le provocó su visita al museo. Aquí el dibujo que realizó en la terapia de sofá entre mecimientos en posición fetal y diosmios intercalados.

El sueño de PonyQueen

Cuando hoy, Mariló Montero ha preguntado si los calamares del museo estaban vivos, me he planteado si tal vez era cierto el sueño de Ponyqueen y los calamares saltaron el rompeolas a lo “liberad a Willy”.

Hoy también he recibido un envío desde Luarca. Una carta de recomendación, que voy a tener problemas para traducir sin que me pregunten los ingleses si la he inflado, y una nota de Nerón. Mira que han pasado ya un par de años, y Luarca sigue siendo uno de esos recuerdos imborrables en mi memoria.

En contra del espíritu español

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El españolito medio está muy contento de su espíritu. Está orgulloso de hablar a voces, de usar “hijo de puta” cada dos frases y de enfrentarse a los problemas con más güebos que sentido común. Su único argumento en una discusión muchas veces es demostrar lo caliente que tiene la sangre.

Embarcando el otro día en el ferry de Santander a Portsmouth, me encontré con uno de esos españolitos. Era un señor de unos cincuenta y bastantes años, acompañado por su mujer.

El ferry llegó tarde a puerto por problemas meteorológicos, y debido a eso, los trabajos de limpieza de los camarotes también se retrasaron. Las chicas que debían limpiarlos corrían por los pasillos a toda velocidad, tratando de cumplir un horario imposible. A la puerta del pasillo de camarotes, barrado con una señal de “cleaning in progress”, se amontonaban varios pasajeros que esperaban poder ocupar sus cabinas.

Decidí ir al bar a tomarme un te mientras acababan.

Un rato más tarde subí, no habían terminado todavía. Así que saqué el libro, me senté sobre la estupenda moqueta y me puse a leer. Seguramente ya no debía faltar mucho.

Empiezo a oír gritos, levanto la vista.

– ¡¡¡Esto es una vergüenza!!! ¡Quiero mi camarote! Porque lo he pagado… ¡Y bien caro que me ha salido! Que era dinero del bueno, ¿o mi dinero no vale?

El vociferante era un señor español, enfadado con la situación. Trataba de darle réplica una miembro de la tripulación, por su acento creo que era francesa. Como buen españolito cretino, orgulloso de su vociferante naturaleza, él no le permitía hablar, ni replicarle, ni siquiera pedirle disculpas. Finalmente, la buena mujer se dio cuenta de que no podría hacer nada y con un “lo siento mucho”, y el rostro desencajado, se fue. Bien que hizo, hablar con una pared es inútil.

La mujer se marcha, y el hombre no se queda contento, sino que se pone a gritar hacia el pasillo algo así como “os voy a meter una reclamación que os vais a enterar” a las chicas que trataban de limpiar a tiempo nuestros camarotes. Para rematar su demostración de güebismo mal aplicado, agarró la señal de “cleaning in progress” y la tiró al suelo con un “Ya está bien de tanto palo y tanta ostia”.

Y nadie dijo nada… Todos a evitarlo con la mirada.

Me cabreé. Me puse en pie y usé el tono de voz más correcto que pude encontrar mientras me acercaba a él.

– Disculpe, caballero, pero ellas no tienen la culpa. El barco ha llegado tarde por climatología.

El tipo se quedó un poco sorprendido de que yo le hablase. Me acerqué, por si acaso él pensaba que me daba miedo, dejarle claro su error.

– ¿Es asunto suyo?

No entré a la provocación.

– Mire usted, las chicas están trabajando lo más rápido que pueden. Por favor, no les grite, que ellas no tienen la culpa.

– Yo protesto a la compañía.

– Pues haga una reclamación por escrito, pero no grite a las trabajadoras.

El tipo entró en boucle.

– ¿Es asunto suyo?

No entro a la provocación, again.

– Da la sensación de que está usted faltando al respeto a las chicas que están trabajando, cuando ellas no tienen nada que ver con el problema.

El tipo decide atacar.

– Estoy seguro de que yo he viajado muchísimo más que usted. Como cincuenta veces más.

No entro en la provocación, again.

– No lo dudo, caballero. Mi presupuesto no me permite viajar tanto, pero sí me permite tener buenos modales en cualquier situación.

La mujer que hasta entonces no ha intervenido, lo intenta. No sé lo que dice, la ignoro. Si no intervino para parar a su marido y le reía las gracias, ahora no le daré el beneficio de la intervención. El hombre murmura algo y distingo lo siguiente:

– Yo he pagado el camarote y quiero mi camarote.

– Yo también lo he pagado, y estoy segura que me ha costado mucho más que a usted con lo que gano.

En ese momento, se abrió el pasillo, y los pasajeros se movieron. El tipo decidió evitarme y dirigirse a su cubículo. Y se mantuvo bien calladito mientras se cruzaba con las trabajadoras que estaban saliendo, evitándoles la mirada. Supongo que notaba mis ojos clavados en su nuca con el mensaje “atrévete”.

Y esto, señores, en muchas ocasiones es el españolito medio orgulloso de su espíritu: un patán vociferante, incapaz de afrontar una situación.

No me siento española y eso que tengo la sangre muy caliente. Pero no lo considero una virtud más que cuando he trazado el objetivo y la estrategia, o cuando una injusticia hace que salte la chispa en mí y me propele hacia una situación en la que nadie me esperaba.

 

(continuará)

Aventuras por guirilandia

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Últimamente no tengo ganas de escribir, y no es que no me estén pasando cosas.

Llevo una temporada viviendo en tierras británicas y buscando trabajo por aquí. Lo único que pude coger fue un contrato de picker (humano que coge cosas de una estantería) en Amazon.

Sobre hacer de profe en guirilandia: mi currículum es estupendo, pero mis diez años de experiencia no sirven de nada aquí. Necesitas experiencia en un colegio inglés y buenas referencias. Que cómo consigo experiencia en un colegio inglés si no me cogen por no tener experiencia? Buena pregunta: trabajando gratis. Lo llaman “volonteer”.

Tengo una edad, el colesterol alto y lo que no tengo es una cuenta corriente que me permita gastar dinero en gasolina para irme al quintocoño a “volonteer” en un colegio.

Conseguí un trabajo en Amazon. Sí, ya sabéis la página web esa donde compras lo que sea.

Pues, resulta que detrás de la página web hay un almacén muy grande, muy grande, donde un montón de pringaos trabajadores, corren de un lado a otro durante diez horas diarias, fustigados por unos unos señores que se llaman watchers y que les dicen continuamente “you need to improve”.

Si alguien quiere más detalles puede leer este comentario.

Cuando, un día, me giré hacia mi watcher y le contesté “if you want to hire superman it’s gonna be much more expensive that what you are paying me” supe que iba a durar poco.

Curiosamente, otra gente se enfrentó a la autoridad antes de mí. Dioses, estoy perdiendo mi esencia. Pero fui una de las que se largó, justo después de un un watcher la felicitase por tener un 104% de efectividad (la siguiente tenía un 89%) y cero errores en el tiempo que llevaba trabajando ahí.

Soltarle lo de “La, verdad, me da igual. Me marcho, y por lo que veo estáis perdiendo un buen trabajador para mí” no tiene precio. Para todo lo demás, master card.

 

Es probable que la semana que viene vuelva por Asturias una temporada a trabajar. Así le haré la ITV a Toyo, me sacaré un certificado de penales (que los ingleses son muy paranoicos) y haré que mi churri me eche mucho de menos, para que me llene de mimos cuando vuelva.

Que si yo le voy a echar de menos? No, qué va. Es que me sudan los ojos.

 

 

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